LA LEYENDA DEL VOLCÁN IRAZU.

 

 

 

Frank Barrios Gómez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 En La Suiza Centroamericana, Costa Rica, Centroamérica, existe un hermoso parque nacional llamado Irazú. Es el nombre que le corresponde al volcán más alto de Costa Rica, alcanzando 3432 metros sobre el nivel del mar.

    Está ubicado en la hermosa provincia de Cartago. De ahí a ese  parque, se tiene que transitar 32 kilómetros. Quienes viajan de la capital, San José, deben recorrer 50 kilómetros.

    El lugar es hermoso, con un clima templado y en los fines de semana, puede apreciarse a deportistas que suben a las faldas del volcán a pie. También la persona puede llegar hasta el cráter en carro.

     Desde Cartago, los fines de año, me toca apreciar ese volcán el cual casi siempre está cubierto por nubes. Los mejores meses para visitarlo son marzo y abril, producto de las escasas lluvias que caen en ese sitio durante esos meses. La vegetación es abundante y algunas especies se desarrollan descomunalmente, producto de la ceniza volcánica que enriquece al suelo. La vida animal es escasa y pueden degustarse ahí ricos platillos regionales.

    Irazú es un vocablo indígena que significa “montaña tormentosa y de terremotos”. En estos momentos el volcán está inactivo pero en el pasado tuvo algunas erupciones siendo la última en 1994.

    La mayor atracción es ver el lago que se encuentra en el centro del cráter, el cual tiene una laguna de 300 metros y el agua es de color verde. En los días soleados, desde el Irazú, puede apreciarse los océanos Atlántico y Pacífico, que cubren las costas costarricenses.

    No falta la leyenda que los lugareños mantienen viva sobre cómo se formó el Volcán Irazú. Se cuenta que durante las noches, los pacíficos indígenas se reunían para descansar de las faenas de la jornada laboral.

    Era común ver el fuego que despedían las antorchas con las que se alumbraban. El olor a carne asada y chicha (bebida embriagante de maíz) era común y no faltaba el narrador oficial del pueblo a quien se le tenía un respeto en la tribu. Una persona que servía en el templo tocaba un rústico tambor siguiendo la narración. Cuando el cuento llegaba a un punto de misterio o  acción, el sonido del tambor se escuchaba más acelerado.

    Cierta noche de luna plateada, una brisa fresca se sentía en el lugar. Lejos de ahí, la princesa vivía un tórrido romance con su enamorado. Se trataba de un guerrero perteneciente a una tribu enemiga. Ambos estaban muy enamorados y se habían jurado amor eterno.

    Estaban tan enfrascados en su romance, con las manos entrelazadas, mirándose fijamente a los ojos y sus labios uniéndose en ardientes besos, que no se dieron cuenta que cerca estaba un intruso que había descubierto ese romance prohibido.

    Se trataba del sacerdote del templo de la tribu de la princesa y de inmediato se trasladó hasta donde se encontraba el padre de ella, quien era el cacique y en ese momento, escuchaba la narración que hacía el encargado del cuento.

    Atravesó la distancia hasta llegar al jefe. Comenzó a susurrarle al oído lo que acababa de ver y el anciano, poco a poco fue cambiando las facciones de su rostro.

    Los presentes se dieron cuenta que algo no estaba bien. El narrador guardó silencio. Quien tocaba el tambor dejó de golpearlo. Enfurecido el monarca, de inmediato se dirigió al templo, comenzó a rasgar su ropa y ante el altar, donde estaba la deidad del sol exclamó: “Sol Todopoderoso, oh Dios, ten piedad para nosotros. Vengo a pedirte un castigo ejemplar para quien no ha sabido comportarse a la altura ante su pueblo; mi propia hija. Enamorada de un cazador enemigo de nuestra tribu. Os pido que su falta sea castigada ejemplarmente, y ese guerrero enemigo  sea maldecido por infiel”.

    Primero la petición fue como un susurro, pero conforme pasaba el tiempo, el anciano lanzaba todo tipo de gritos y maldiciones que comenzaron a atemorizar a los lugareños. Poco le importó al jefe que se tratara de su propia hija para quien quería lo mejor.

    Y el dios escucho sus ruegos. Tomó a la doncella y de una forma furiosa la arrojó hacia arriba convirtiéndola en una vaporosa nube que por primera vez adornaba el nocturno cielo costarricense. Pero al guerrero no lo tocó porque no encontró culpa alguna en él. Su único pecado había sido enamorarse de la princesa de una tribu enemiga.

    El guerrero, juró que haría hasta lo imposible por alcanzar las alturas donde había sido confinada su amada. Jamás volvió a mirar mujer alguna y murió de tristeza. Fue enterrado en la llanura con todos los honores correspondientes a su rango.

    Pero en el lugar donde fue sepultado, comenzó a manifestarse una transformación del suelo. La tierra empezó a crecer poco a poco alcanzando alturas insospechadas hasta que se convirtió en el Volcán Irazú.

    Con asombro, los lugareños ven que todas las mañanas, una hermosa nube vaporosa y blanca desciende sobre el volcán y ahí permanece fusionada con él, siendo un hermoso espectáculo para quienes lo aprecian.

    Se trata de la princesa, quien baja todas las mañanas a reunirse con su amado, el intrépido guerrero, quien cumplió con su promesa de hacer hasta lo imposible para vencer la distancia y estar junto con su amada. Es tan grande la fuerza del amor, que nada ni nadie puede destruirla en este mundo físico. Cuando se visita el Volcán Irazú y se escucha esta leyenda, más de un enamorado rompe en llanto imaginando lo que es capaz de hacer un personaje por el ser amado.  

 

 

 

 

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